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A la izquierda Potosí y a la derecha Cochabamba, el río Caine es la frontera entre ambos departamentos...

14.2.11

ELLAS: Marisol Pérez Jiménez

Svetlana Salvatierra, Revista Escape, domingo 13 de febrero

Nació un 3 de febrero, hace 40 años, en la centenaria mina Bolsa Negra,  ubicada en el Illimani (5.800 msnm), el segundo nevado más alto de la Cordillera de los Andes en Bolivia.  “En tres días celebro mi cumpleaños con mis hijitas y viajaré a La Paz”, comenta mientras confirma a sus compañeras mineras que ese día les entregarán carga.
“Levante un poco de nieve y colóquesela sobre los párpados, si no le van a doler los ojos”, aconseja a la visitante, dando poco crédito a los lentes de sol que ésta lleva. Tiene razón la hija de Francisco Pérez y Amalia Jiménez, fundadores de la Cooperativa Minera Bolsa Negra. Al igual que sus padres, lleva en la sangre la actividad minera, la que le da de comer a ella y a su familia.
 Junto a otras 24 mujeres, organiza el trabajo diario: recoger la carga de piedras y recuperar los delicados filamentos de oro, a puro golpe. Otras 120 hacen el mismo trabajo en este níveo lugar: son las esposas de los socios que se han organizado para que todas puedan tener su espacio.
La mayoría de las mujeres está cerca de los 50 años de edad, aunque las hay de menos y más años, explica Marisol. “Hay que trabajar, si no, no comemos”. La nieve, hermosa y cautivante, es también el desafío contra el que hay que luchar a diario. “Allí (señala a lo alto) están nuestras chiwiñas”, pequeños toldos de colores que las defienden del intenso sol y de la nieve, a las cuales se llega tras trepar  una hora. “Suba, es bien lindo”, invita.
El año pasado el precio del dorado mineral llegó a más de $us 1.000 la onza troy. Un efecto de la crisis financiera global, dijeron los analistas. Antes, no valía más de $us 500. Es buen momento, pues, para Marisol y sus socias.
Ella, como líder femenina de Bolsa Negra, sabe que el trabajo de las mujeres depende de los socios varones que taladran la montaña para sacar el preciado oro. “Mis papás ya están muertos. Una hermana nomás tengo. Somos dos mujeres luchadoras. Yo  trabajo desde pequeña y, como todas, tengo un puesto a la salida de los cargueros”. Hace un alto en su relato y su mirada se pierde en el infinito. “Me casé con un minero. Él falleció hace un año y medio por una caída”. Le queda el derecho al trabajo y cuatro hijas.
“Mejor que subas ahorita nomás porque si no, no vas a alcanzar a que te den tu carga”, le dice una de sus compañeras al pasar. Marisol coge su bolsa con provisiones y se apresta a ir a trabajar. Le tomamos unas fotos. No quiere sonreír. Agradece el interés periodístico y se va caminando rápidamente montaña arriba. 

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