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A la izquierda Potosí y a la derecha Cochabamba, el río Caine es la frontera entre ambos departamentos...

15.4.15

“Mi piel se caía y sangraba…luego aprendí a comer”

Svetlana Salvatierra



A Carlos le transmitieron el VIH en una noche de copas y tardó un año en enterarse. Tuvo que llegar a Infectología para cambiar su alimentación. Un estudio apoyado por el PMA impulsó la inclusión de la nutrición en la atención integral de salud en el Sedevir.

Carlos tuvo que sentir que su piel se caía y sangraba para cambiar su alimentación. Ahora, con apoyo de su familia, es un paciente con VIH con defensas altas que le permiten hacer una vida normal y llegar al Sedevir en La Paz para contar su historia.

En el Centro Piloto, ubicado al inicio de la autopista a El Alto, está el consultorio de la nutricionista Isela Patón, una de dos profesionales que desde hace una década insisten en la importancia de que la nutrición se incluya en la atención integral a los pacientes con VIH-SIDA. Carlos es uno del millar que atiende en la ciudad de La Paz.

“Mi diagnostico fue en 2008, en un centro privado, y lo único importante era la medicación. Pasaron dos años y me trajeron al Sedevir para que me hicieran un tratamiento retroviral. Luego de otros dos años me interné en el hospital por infección a los medicamentos. Tenía una alergia, un RAM fuerte a los medicamentos. Y ahí aprendo el valor que tienen los alimentos. Me decían menos grasas, menos gaseosas, pero no le tomaba importancia hasta que el médico infectologo me explicó”, recuerda Carlos. Es un joven de 24 años, delgado y parsimonioso al conversar.

Una noche tomó sus medicamentos y al amanecer su organismo reaccionó muy mal. Patón explica que ese RAM es fuerte y provoca el Steve Jhonson; es una alergia a la nebirapina; los pacientes pierden la primera piel, es como si te hubieras hecho una quemadura de primer grado. “Era terrible, no solo se pelaba sino que sangraba. Era una infección terrible. No podía comer porque adentro sangraba y en el primer mes no consumía nada, al mes ya pude comer algo con bombilla. Al segundo mes empecé a mejorar. Estuve tres meses y medio. El dolor era fuerte en los pies. No podía ir al baño porque los genitales también sufrieron. Era horrible. Además, el infectólogo me dijo: te quedas en Emergencia porque te puedes contagiar de otras cosas.  Ese era mi mayor temor porque la persona que estaba a mi lado falleció”, cuenta Carlos.

Carlos fue uno de los pacientes que recibió la canasta de alimentos del PMA y aprendió a cocinar para vivir, como todos los pacientes que pasaron los talleres de nutrición. “En el consultorio nutricional atendemos exclusivamente a pacientes VIH positivos, a mujeres embarazadas que están con la enfermedad y niños expuestos al VIH o diagnosticados VIH. Hago una valoración nutricional completa que me ayude a poder ver en qué estado se encuentra el paciente para apoyar a los retrovirales. Todos los días de su vida tiene que tomar retrovirales que son medicamentos que agarran al virus para que no les haga daño, detienen la enfermedad. Son químicos muy fuertes. Yo les digo que cuando los toman son como quimioterapias para toda su vida. Y les produce hepatitis medicamentosa, gastritis, nauseas, vómitos y otros. Les damos una dieta (diferente para cada persona) para aceptar de mejor manera el medicamento retroviral”. Isela Patón, ingresó al SEDES en 2006 por concurso de méritos.

Destaca que ahora la nutrición ya está dentro del flujo de atención médica en los Sedevir de La Paz, El Alto, Cochabamba y Santa Cruz, pero falta llegar a más centros de salud con este concepto. “Al inicio trabajé un año apoyando a Jimena Rojas, la nutricionista que atiende Cochabamba y Santa Cruz, que hizo el diagnóstico para el PMA”.

Mónica Viaña, Oficial de Nutrición en el PMA, recuerda que el estudio determinó que los pacientes tenían algún problema de tipo alimentario, bajos ingresos, bajo nivel educativo y otros factores que incidían en una inadecuada alimentación que los afectaba en su medicación. “Un paciente con VIH necesita entre un 10 y 20 por ciento extra de proteína y energía expresada en kilocalorías, que puede aparentar no ser mucho en volumen pero necesita que sea una alimentación bien balanceada. 

Optamos por el grano de soya y se les enseñó a hacer una variedad de preparaciones”. La canasta básica que se entregó durante 20 meses incluía soya, arroz, aceite fortificado con vitamina A y sal yodada con flúor. Atendieron a unas 700 personas de forma regular. El requisito era que se hagan el control con el doctor y con la nutricionista.  


Los linfocitos T CD4 alertan
Ahora, las multivitaminas, la leche maternizada y otros minerales son un gancho para los pacientes. “Las damos a pacientes con T CD4 menor a 200 y en etapa SIDA. Los linfocitos T CD4 son los que dicen cuánto de defensas tiene el cuerpo. Una persona que no tenga el virus del VIH está en 1.200 y 1.500 T CD4. Hay pacientes con VIH que llegan con uno, cinco, diez T CD4; otros que tienen 800 están más estables. Les hago la valoración y ya se acostumbraron a que esta información debe estar en sus historias clínicas, lo que no sucede en otros centros de salud”, lamenta.

En La Paz tienen 1.620 historias abiertas; en El Alto hay unas 800 historias clínicas. Cada día atienden entre 10 y 15 pacientes en La Paz. Toman más tiempo conversando de la vida de sus pacientes. “Es bien difícil que las nutricionistas quieran trabajar… Nosotras mismas hemos sido discriminadas. Cuando este edificio fue remodelado nos dijeron sálganse y trabajen afuera. El mismo personal de salud como la población cercana, nos ha discriminado. ¡Ah! ¡No! ¡Van a venir pacientes VIH positivos! ¡Los sidosos (antes decían eso)! Atendíamos en los pasillos porque no teníamos oficinas”, rememora Patón. El consultorio fue equipado con apoyo de Misión Alianza Noruega.

Cuando iniciaba este artículo me acerqué a preguntar por la nutricionista y la respuesta del recepcionista fue de mala manera. Abajo, las sillas que quedan cerca del consultorio son utilizadas por los pacientes con VIH y el resto de la gente se sienta en las sillas cercanas a la puerta. Y me senté en esas sillas (sin saber) y conversé con una madre joven y alcé a su bebé mientras ella arreglaba su aguayo para volver a cargarlo. Las miradas de horror no se hicieron esperar, tampoco un extraño cuchicheo. Luego de la entrevista entendí el motivo. El niño tiene VIH, su madre también, pero no se enteraron hasta que nació. Su marido los contagió. Ella prefirió decir que su hijo tiene problemas de alimentación y que por eso asiste al consultorio.

“Ahora es mandatorio que una mujer antes de dar a luz se haga la prueba del VIH. Si se le detecta el VIH se puede hacer todos los tratamientos para que los niños no se contagien. Y tenemos varias mamás positivas pero sus bebés son negativos. Esta es una forma de hacer prevención en los servicios de salud”, destaca Mónica Viaña que desde el PMA continuarán impulsando la formación de nutricionistas que atiendan a este tipo de pacientes.

En el Sedevir La Paz son 33 profesionales y en El Alto 22, quienes trabajan con la temática VIH. Son psicólogos, trabajadoras sociales, médicos, enfermeras y auxiliares de enfermería, limpieza, portero, chofer.

El menú por etapas
La calidad de la alimentación tiene que ser la misma para las etapas VIH y SIDA. La diferencia es que en la etapa SIDA, cuando están postrados en cama los alimentos que ingieren tienen que ser del tipo papillas, licuados. Cuando ya no pueden tragar, se utilizan sondas.

En la etapa VIH para subir las defensas se tienen que alimentar con más frutas y verduras. El menú ideal para mejorar las defensas depende de cómo está el hígado, el riñón, el páncreas, si tiene o no anemia. Con las pruebas de laboratorio normales, un T CD4 con 200 puede desayunar un jugo de frutas con leche; avena con leche, quinua, amaranto, pito de cebada o willkaparu; también un zumo de zanahoria; acompañar con pan o galletitas de agua. Puede aumentar las proteínas con un poco de carne o pollo en un sandwich.

A media mañana puede consumir un picadito de frutas con yogur. No es recomendable comer frutas en la tarde porque no se aprovechan las vitaminas de las frutas, advierte la nutricionista. En el almuerzo aconseja variar el orden: primero las frutas, luego un poco de verduras, la sopa, el segundo y un jugo hervido. La linaza ayuda como protector gástrico, en casi todos los casos. Por ejemplo a Carlos le genera acidez y prefiere el jugo de sandía para no vomitar los medicamentos.

“Estoy en etapa VIH con 200 copias de virus en mi cuerpo. Es controlable. Estoy por debajo de un nivel de transmisión. Mis defensas están altas, por encima de las 1.800 copias. Cuando llegué tenía más virus que defensas, por excesivo uso del alcohol, las trasnochadas. Mi recomendación a las personas que leerán este artículo es cuidarse, cuidarse y siempre cuidarse. Por mi experiencia el VIH no es algo que te vaya a matar, uno mismo se va matando”, propone Carlos.


Una noche de copas…
“Normalmente en el Colectivo GLTB somos sexuales muy abiertamente, pero a veces en las discotecas, antros como les llamamos, hay HSH que tienen VIH y lo transmiten. Antes de que pase todo, asistía a una discoteca, estaba saliendo en esa época con una pareja fija pero se fue a su casa y yo me quede a bailar y conocí a una persona con la que tomamos y tuvimos relaciones más tarde. Un año después, seguía frecuentando los antros. Entre los mismos gays hay rumores y escuché comentarios: Carlitos tuvo relaciones con la loca PVV, de seguro ya debe tener VIH. Eso me paralizó y me fui a hacer la prueba. El era dirigente del colectivo, tenía VIH y me lo transmitió sabiendo que tenía el virus. Aquí, nos chocamos una vez cuando vine a hacerme mis laboratorios. Soy PVV y no puedo reclamarle, además ni cómo solucionar el problema”. No quiso dar el nombre.

HSH significa hombres que tienen sexo con hombres. Es decir homosexual en forma abreviada, aclara Carlos. En el mismo sentido, PVV significa personas que viven con VIH. “Ya tengo 24 años, no frecuento antros. Me gusta estar más en casa y tener parejas sexuales fijas. Somos cuatro amigos que entre nosotros tenemos relaciones. Dos somos PVV. La mayoría de nosotros los HSH no somos conservadores. Los profesores, la religión, los médicos, te hacen sentir como si fueras un monstruo, que eres anormal y no deberías estar aquí. Lo único que quería era que mis padres me aceptaran y me aceptaron”.



Una versión editada se publicó en la revista Lo que se Calló, en el tercer número publicado en diciembre de 2014.




Una fortaleza para princesas

Svetlana Salvatierra



Es un sábado soleado. No es fácil dar con Sayari Warmi, nombre cuya traducción del quechua es Levántate Mujer. Es el único centro transitorio de apoyo a víctimas de violencia sexual comercial y de trata y tráfico sexual de menores de edad en Cochabamba. No son niñas ni adolescentes en situación de calle con problemas de consumo de alcohol y drogas y tampoco son prostitutas ni trabajadoras sexuales.

Ya pasaron cuatro años desde que colocaron alambre de púas en todas las paredes. Evitar fugas o el ingreso de ladrones comunes no es el objetivo. Protegen un tesoro invaluable: niñas y adolescentes rescatadas en operativos policiales de las manos de quienes comercializaban sus pequeños cuerpos a hombres que pagaban por sexo con chiquillas.

La fachada de la casa no tiene cartel ni número, es otra forma de protección. Los detenidos en las redadas policiales no están solos y sus cómplices (no podrían llamarse de otra manera) son los que tratan de robar a las niñas rescatadas. Creen que si no hay prueba del delito entonces no habrá investigación y si recuperan el tesoro podrán seguir lucrando con ellas y obtener hasta mil dólares por día de los hombres que pagan por menores de edad. Acción penada por ley.

Se abre la puerta y una de las educadoras permite el ingreso previamente concertado. Una hora después de la entrevista con la hermana Micaela, de la congregación Adoratrices, y con el psicólogo, Carlos Pereira, dan el permiso para visitar las instalaciones pero aún no para conversar con las niñas. Orden y limpieza destacan en la sala de visitas, en los dormitorios y baños compartidos, cocina y lavandería. Ellas están descansando y viendo televisión en una sala común al lado del aula de computación. El recorrido termina en otra aula donde aprenden a hacer artesanías y reciclar papel y telas para elaborar delicadas cajas y adornos.

Aceptan el pedido de sacar fotos a las manos de las niñas mostrando sus trabajos artesanales. Luego de largos minutos un grupo de ellas entra y llena de risas el lugar; cuentan y muestran con orgullo lo que han estado haciendo. Se aseguran de que no saldrán en las fotos y piden verlas. Su deseo es cumplido. Sus novelas favoritas son las coreanas. Llaman pochochas a las gatas que viven en la casa. Vuelven a mostrar la capilla, la cocina, sus dormitorios y baños. “Ven, todo está ordenado”, repiten con orgullo. Saben que no tienen permiso de ingresar  a otros dormitorios que no sea el suyo; pero hoy son pocos minutos y se les permite porque acompañan al fotógrafo. Piden mostrar algunos de sus dibujos y quieren fotos de todos ellos, un deseo que no será satisfecho. Varios dibujos son demasiado íntimos y reflejan la violencia que vivieron. Deben volver a la sala común. Con fuertes y largos abrazos termina la visita a las niñas que rondan los quince abriles.


Hecha la ley, hecha la trampa. Desde el 2009, Sayari Warmi atendió a unas 200 chiquillas pero ninguno de sus casos llegó a juicio. Los motivos pueden inferirse: siguen las investigaciones, hay burocracia para las notificaciones, faltan pruebas, faltan recursos para investigar, hay exceso de trabajo de las autoridades policiales y judiciales, etc. Mientras tanto, las chiquillas aprenden a construir sus vidas sin violencia sexual y maltrato familiar y son protegidas con acciones educativas que les ayudan a bajar sus niveles de angustia, ansiedad y tener tranquilidad en la vida luego de vivir situaciones traumáticas. “Cualquiera puede caer en estas redes porque les ofrecen una serie de satisfactores ante su necesidad”, explica el psicólogo Carlos Pereira. Además la mayoría proviene de “familias dañadas” y son esos padres y madres que provocan las oportunidades para que sus hijas se conviertan en víctimas.

Si no hubiera demanda, si no hubieran hombres que pagan por sexo por las niñas y jovencitas no habrían víctimas de violencia sexual comercial, trata y tráfico de menores en Cochabamba y en cualquier lugar del mundo. En estos días la noticia mundial de relevancia son las más de 200 niñas nigerianas que fueron secuestradas por un grupo extremista que no quiere que estudien y ahora las violan a diario y venden sus cuerpos a otros hombres que pagarán por ellas con fines sexuales.

Es un secreto a voces que una niña, virgen o no, tiene que acostarse con 10 hombres y puede generar unos mil dólares por día al tratante. Además de ser un delito, también es un problema cultural y se necesitará de un largo proceso educativo para que el hombre deje de comprar chiquillas para obtener placer sexual, cuestiona el psicólogo.

Las niñas y adolescentes permanecen en el centro durante el periodo de investigación de seis meses hasta que la Fiscalía defina si el detenido va a un proceso judicial. Es el periodo de mayor vulnerabilidad para la niña recuperada, los acusados buscan oportunidades para que la víctima no pueda acusarlos. Este procedimiento debería cuidar a la víctima y no exponerla.

Muchas llegan con enfermedades de transmisión sexual y son inmediatamente atendidas; luego continúan el proceso de recuperación psicológica y psicoemocional. En algunos casos se puede trabajar con la familia para fortalecer los vínculos familiares. Sin embargo, la mayoría proviene de familias desestructuradas, disfuncionales, por lo general mono parentales donde hay violencia y maltrato, llevándolas a escapar y colocarse en situación de vulnerabilidad para la trata.

Varias niñas tienen el Síndrome de Estocolmo: la víctima raptada, por la fuerza o el engaño, por un determinado tiempo se identifica con su captor o victimador y no reconoce que era utilizada con fines sexuales comerciales. Piensan que le deben un favor a la amiga (reclutadora), amor a su chico (reclutador), compromiso con la familia para llevar dinero o recibir todo tipo de maltrato. Toma tiempo que reconozcan que estaban en estaban en una situación de violencia.

No todas pueden volver a sus casas en seis meses. “Sus familias están tan desvinculadas y no podemos devolverlas a ellas porque en un par de meses estará otra vez fuera de la familia maltratadora”, advierte la hermana Micaela. Hace 140 años nació la congregación de Madres Adoratrices para ayudar a las prostitutas en España. Hoy están en 22 países. En Bolivia se dedican a ayudar a las niñas y adolescentes víctimas de  violencia sexual comercial, trata y tráfico.

“No es que salen de aquí al paraíso, toma tiempo y años. Lo importante es que ellas regresan para visitarnos y contarnos que están mejor. El que tenga una cierta estabilidad o una pareja y no esté de mano en mano son pequeños éxitos y hay muchas chicas que sabemos están bien. Otras vuelven a buscar apoyo porque no funcionó la reinserción”, apunta la hermana.

¿Cómo te sentirías tú si estuvieras en el pellejo de esta adolescente? cuestiona la hermana Micaela. 15 ó 20 veces por día durante centenares de días sufrieron violencia sexual comercial. Es mucho dolor. Además están involucradas personas en las que confiaban. Una niña de Potosí de menos de 15 años escapa para ir a ver a su hermana a Cochabamba y se encuentra con un padrino de la familia que le promete ayuda para encontrarla pero se la lleva a La Paz, a Cochabamba, a santa Cruz y allí gana de vender su cuerpo a camioneros. Luego, su familia la trata de mentirosa. Es largo el proceso para entender lo que pasó. “No es suficiente con ser tolerante a la violencia que ha vivido. El reto es cómo ayudas a construir de nuevo esta historia de vida”.

Hay niñas y adolescentes que definitivamente no pueden volver a las “familias dañadas” que no han cambiado su forma de pensar y actuar: usar y maltratar. En otro centro, las capacitan durante un año en técnicas laborales que les permitan emprender un negocio que les dará la autonomía que necesitan. Medio centenar de niñas han retornado a sus hogares en poco tiempo y están bien. Una treintena ha pasado por un largo proceso de recuperación junto a sus familias con buenos resultados. Talleres, charlas, vistas domiciliarias, mucho esfuerzo profesional y técnico para que la familia cambie. “Es como una escuela de padres, se les enseña habilidades educativas, cómo deben comunicarse adecuadamente,  a establecer normas y límites, a sancionar sin utilizar la violencia, y atender las problemáticas de los adolescentes”.


Cuando las niñas y adolescentes cumplen su tiempo esperan que estén sanas. ¿Aquí les decimos que nada de lo vivido se olvida pero hay que acomodarlo bien entre los recuerdos para que no nos estorben para nuestro futuro. Esa es nuestra tarea diaria”.


Una versión editada se publicó en la revista Lo que se Calló, en el segundo número publicado en julio de 2014.

El documental DESAPARECIDAS  que forma parte de esta investigación ganó el concurso de reportajes audiovisuales del Proyecto SUSO II.


Reto a la felicidad

Svetlana Salvatierra


Una bebé abandonada por su madre vuelve a ella 12 años después para convertirse en víctima de violencia sexual comercial. Su progenitora fue su tratante y su infierno durante dos años. Hoy es una quinceañera que lucha por la prevención de niñas, niños y adolescentes.   

Viste un pantalón y chompa cómodos. Su cabello está recogido en una cola. No deja de sonreír nerviosamente. Prefiere que la llamen Jasiel. Tal vez su significado “fuerza de Dios”, una traducción del hebreo, es su guía. Nació un sábado 27 de junio de 1998 en la ciudad de La Paz. Sus primeros años los pasó en la cárcel. En familia recibió cariño hasta que cumplió 13 años, un número de mala suerte dicen.

Su madre es orureña y su padre paceño. Vivieron juntos, con sus dos hermanas más, hasta que él cayó en la cárcel de San Pedro, en el 2000. Su progenitora los abandonó, excepto a su hermana mayor a la que se llevó. Jasiel tenía un año y siete meses y su hermana menor cumplía siete meses. “Ahí adentro tenía que lavar ropa y ayudar a mi papá”. La tía paterna, Bertha, la sacó del encierro. “Me encariñe con ella”, dice mientras su mirada tiene un fugaz destello de alegría. “Me hizo estudiar hasta séptimo”, curso del nivel primario.

El 17 de diciembre de 2011 su madre apareció. “Soy tu mamá” le dijo y la niña estaba ansiosa de conocer y compartir con quien la trajo al mundo sin saber lo que le esperaba. “Quería hacer la prueba de cómo era mi mamá porque yo no la conocía”. Lo primero que hizo al sacarla de su mundo familiar fue llevarla tres días al encierro carcelario de su padre. Pedir que la devuelva a la casa de su tía era provocar el grito: “!ella no te ha parido!”. Luego viajaron a Oruro donde conoció a su hermana mayor.

- “Los primeros meses me trataba bien pero se ha empezado a aburrir de mí y me decía que tenía que ir a trabajar, que ya soy una señorita y que ya no tengo que depender de ella. No me quedó otra y me fui a trabajar con un caballero que vendía tenis americanos en enero de 2012.

Suspira profundamente mientras relata las primeras semanas de convivencia con su madre. Estuvo dos meses con el vendedor a quien recuerda como un caballero que la trataba bien. “El primer mes me pagó a mí y el segundo mes no se qué le diría al caballero y le ha pagado a mi mamá. Mi primer sueldo fueron 1.200 bolivianos y la mitad le di a mi mamá y me compre cosas que necesitaba… Ropa… Ella no tenía compasión, me ha quemado toda la ropa… ¿Entonces para que hemos ido a recoger mi ropa de la casa de mi tía si me la iba a quemar?”.

- ¿Y por qué quemó tu ropa?

- Decía que me traía recuerdos, que no servían para nada y solo eran para trapear el piso… ya ni modo… le decía mami me lo vas a comprar ropa y ella respondía: “ya pero vas a trabajar”. Pasaron las semanas y luego mi mamá me obligaba a que conozca chicos y que trajera dinero a la casa. Tenía que salir a la calle cada tarde a conocer un chico junto con mi hermana mayor. “Tienes que hacer lo mismo que yo”, decía mi hermana y me presentaba a sus amigos. Ella tenía 17 años.

- ¿Cuántos años tenías en ese momento?

- 13 años. Y cuando no traía dinero no me daba comida. “Si no traes más te voy a botar afuera”.
Aprieta sus manos, retuerce sus dedos mientras recuerda este episodio. Eran días en los que debía trabajar y no iba al colegio. Esperaba la promesa de la madre de retornar a estudiar a medio año.

- ¿Y cuántos años estaba trabajando tu hermana mayor en lo que pedía tu mamá?

- Dos años (su madre la había iniciado a sus 15 años) y más porque ya había tenido su nena con mi padrastro. Mi mamá me contó la historia después. Yo me quería escapar.

En su primer día recuerda que se sintió rara. “Me decía que tenía que conseguir 200 o 300 bolivianos. Después te vas a desgastar y ahora es más fácil. Yo le sé decir que no quería hacer eso. ¡De qué crees que vamos a vivir! me respondía y le contestaba porqué no vas a trabajar tú, por algo me has recogido. Y empezaba a golpearme por discutirle. Yo no sé querer. Luego, cada vez que me reñía yo me quedaba callada, porque si le contestaba me agarraba de los cabellos y me iba a trapear por todo el piso. De ahí ya no le decía nada y hacía todo de callada”.

No habla más de ese primer día. Su rostro infantil se endurece. Por casi seis meses debía salir en la tarde y llegar a las diez de la noche con el monto exigido. Si se retrasaba más golpes la esperaban. Su hermana tenía preferencias porque llevaba más dinero y porque cuidaba a su hija. Una nieta con un futuro incierto.

Iban al mercado Bolívar donde llegan los jóvenes del campo. Su hermana empezaba a molestarlos, tenía algunos conocidos. A veces iban a tomar y les sacaban dinero. En ese lugar no había otras niñas y adolescentes que hiciesen el mismo trabajo. La zona roja está ubicada en la zona norte de Oruro. “Ahí están las damas de compañía y todo eso. Nosotras sólo buscamos chicos de necesidades de unos 18 años”.

Jasiel empieza a descubrir que tiene carácter. A fines de marzo del año pasado trabajó dos semanas como mesera en un pequeño restaurante de venta de pollo frito y conoció a un chico: “yo solo quería enamorar, nada más que eso”. Le pareció buena persona, aunque admite que no le gustaba mucho. “Se lo tomó en serio y se declaró con muchas palabras y lo acepté”. Su madre la obligó a juntarse. “Una semana hemos vivido bien y la otra, gracias a mi mamá, el chico me golpeó. Lo riñó y se escapó a Cochabamba. Todas las cosas que tenía, se las agarró ella”.

Y llegó el 27 de mayo. Fueron a visitar a su abuela materna en Oruro. Cumpliendo el capricho de su madre sale a comprar locoto. En la tienda cercana no había el picante producto y va al mercado cercano. Tardó. Al regresar la asaltaron los insultos, la jalada de cabellos y patadas que dejaron verdes sus piernas. Toma aire y no puede evitar que una lágrima caiga sobre su mejilla pero se la quita rápidamente. “La Jasiel se ha ido con sus machos, por eso se ha tardado y le he pegado” dijo la madre. Sin preguntar, la abuela y otra tía se lanzaron a darle más golpes. Luego la mandaron a ordenar y limpiar la casa. “Tengo que vivir”, repetía en silencio. Espero y más tarde pidió a su progenitora que le regale Bs 1.50, dinero para ir a la escuela nocturna a la que hace poco había ingresado. Asistió a clases pero en su mente estaba en otro lugar. Salió del colegio. “Porque me voy a arruinar la vida con mi mamá, si yo puedo salir adelante” y se fue la Terminal de Buses de Oruro. Le quedaban cincuenta centavos. Durmió allí esa noche. Al día siguiente estaría en La Paz, en la casa de su “mamá Bertha”.

- ¿Cómo pagaste el bus (el pasaje a La Paz vale unos Bs 30)?

- Me fui al rincón del bus para que no me vean. Ahí me quede. Vi que mi mamá y mi hermana estaban bien felices cuando pasábamos por la avenida, cerca de donde vive mi abuela. Seguro que les he quitado un peso de encima pensé… (y otra lágrima cae en su mejilla). En la tranca (donde los buses pagan peaje) les sé decir: sé oral… para que no me agarren (se quiebra su voz). Tuve suerte que no había control de los policías. Llegué a La Paz. (Las lágrimas la ganan).

En la Terminal de La Paz pidió limosna. Consiguió el peso que le faltaba para ir a una de las laderas paceñas. Espero hasta la noche. Su tía la volvió a acoger. Pasaron tres semanas y una llamada la vuelve a intranquilizar. Su madre preguntaba por ella. A pesar de que le negaron su presencia, una semana después apareció acompañada de una funcionaria de la Defensoría de la Niñez. “Me puse a llorar y le dije que no quería ir con ella. Tanto me pegabas, porque dices que soy tu hija, si me sabías botar, me decías me arrepiento de haberte recogido, para que has vivido, debías morirte. Por qué dices que soy tu hija”.

No esperaron a que vuelva su tía. Su hermana mayor quería que se escape, pero Jasiel sólo corrió a la movilidad de la Defensoría de la Niñez. Ante el psicólogo de la institución tuvo que declarar todo lo que le había pasado. La enviaron a la Línea 156, albergue transitorio que depende de la Alcaldía de La Paz. Está ubicado en la calle Chuquisaca. “Fue inaugurado el 2005 para cobijar a niños, niñas y adolescentes víctimas de violencia intrafamiliar. En estos cinco años de funcionamiento atendió a 16.115 menores”, se lee en el portal www.lapaz.bo.

Entró el 19 de junio a la Línea 156. El 27 de junio cumplió 15 años y se sentía frustrada y encerrada. “Había que levantarse a las seis, irse a lavar, entrar a desayunar, lavarse los dientes, bajar a hacer dinámicas, subir, lavar nuestras ropas interiores, medias, bajar a hacer actividades, subir, almorzar, lavarse los dientes, peinarse, bajar, hacer actividades, subir, tomar té, bajar a hacer actividades, subir a cenar, a cepillarse los dientes e irse a dormir”. Las actividades eran apoyo a las conocimientos de las materias de matemáticas, lenguaje, sociales, naturales. No podían ir al colegio. No podía ver a sus familiares. Empezó a rascarse las piernas. Otro incidente la molestó y entristeció: en una visita de su tía, a la que no dejaron verla, le había dejado un paquete de ropa interior pero se lo entregaron dos meses después.

La derivan al establecimiento de la Fundación Munasim Kullakita. Para Jasiel, el 27 de agosto de 2013 fue llegar a un nuevo hogar. “Viene mi defensora y mi psicóloga y me hacen la evaluación y les digo que estoy bien. Es la verdad, estoy bien. No me falta nada. Tengo la confianza de los educadores y yo misma me la he tenido que ganar”.

Las reglas son simples: buen trato, respeto, no insultar y comunicarse entre ellas como hermanas. Sin embargo, cuando la tristeza regresa Jasiel debe hablar con la psicóloga. En estos ocho meses ha logrado obtener tres certificados: uno de gastronomía, otro de repostería navideña y de computación. “Nos despertamos a las 6.30, hago mi cuarto, me cambio mi pijama, barro si me toca. A las siete escuchamos noticias. Pienso en mi reto, vamos a desayunar. Nos lavamos los dientes, vamos a la sala de actividades, hacemos nuestro encuentro en el cual debemos tener una noticia, nuestro reto y pensar en una frase. Tenemos el refrigero. Hacemos actividades con los italianos (cooperantes de la fundación). Almorzamos. Luego pasamos a aula libre que es como colegio porque los profesores vienen a dar clases de las materias que nos tocan. El hogar nos dice que no nos quedemos en el fondo y que siempre seamos mejores”.

Comparte el dormitorio con tres hermanas de 12, 15 y 17. Su sueño es salir profesional, especializarse en gastronomía. El chef que les da clases la impulsa y sus compañeras dicen que cocina rico. También busca la forma de tener la visita de su hermana menor, a la que su madre intentó hace poco llevársela a Oruro. Y sus ganas de salir adelante le permitieron ser parte de los adolescentes que buscan cambiar a El Alto.

-¿Te gustó participar en la elaboración de la Carta Orgánica de El Alto?

- Me han elegido porque se expresarme gracias al equipo de los educadores. Con mi otra compañera fuimos a un encuentro dando nuestras ideas en las mesas de trabajo sobre cosas no nos gustaban y lo que falta a la ciudad y el municipio. Yo he propuesto la violencia sexual comercial. Nos preguntaron quienes iban a exponer de nuestra mesa y fuimos tres. No suponíamos que íbamos a ser parte del Comité Impulsor. Nos sentimos felices y orgullosas de que entre nuestra propuesta.

-¿Puedes explicarnos qué es violencia sexual comercial?

- Es… si es que hay una niña que va a comprar algo y de pronto la raptan y la llevan a un alojamiento y venden su cuerpo sin que ella quiera o las niñas que van a las calles y ellas mismas tiene la necesidad de vender su cuerpo, eso es violencia sexual comercial; donde los grandes compran sus cuerpos. Ahora para las nuevas leyes hemos pedido que se cierren los bares, discotecas, que haya más restricción, que pidan células de identidad, que dejen de meter a menores de edad en los alojamientos. Hay alojamientos que funcionan de prostíbulos y ahí hacen vender sus cuerpos a las chicas que no quieren.

- ¿Que les aconsejarías a las niñas que están en riesgo?

- Si están sufriendo esta situación que no se callen, que denuncien, si se quedan calladas les va ir peor. Y es más doloroso cuando no ves a tu familia. Que no se callen que no siempre la vida es hundirse sino salir, tener una meta, una profesión y demostrar que sí podemos salir adelante.

- ¿Y para mañana cuál va a ser tu reto?


- Ser feliz. Mañana es otro día. Y cada día debo ponerme un reto diferente para cumplir.



Una versión editada se publicó en la revista Lo que se Calló, en el segundo número publicado en julio de 2014.

El documental DESAPARECIDAS  que forma parte de esta investigación ganó el concurso de reportajes audiovisuales del Proyecto SUSO II.

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